Porque la ansiada libertad se da esos pequeños lujos: a veces nos hace recordar que está bueno depender un poco del otro (llámese mamá, papá, hermano/a, tío/a, pareja, etc).
Cuando tenés tu propio hogar sos dueño de tus tiempos, claro, en la medida en que el trabajo o los estudios te lo permiten y porque no ambas cosas a la vez!.
La elección del menú del día es toda tuya y así mismo sos dueño del orden y el desorden.
Sos el rey o la reina del control remoto, del volumen de la radio. El ruido y el silencio te pertenecen…aunque siempre sea más fácil manejar el ruido y en otras oportunidades haya que trabajar para hacerse cargo de que sos dueño del silencio también.
Cuando abrís la puerta de tu mundo y no hay nadie más que vos, cuando no hay con quien comentar lo que hiciste en el día, sea importante o no ¿a quién no le gusta? ¿a quién no le hace bien?. Cuando llegás cansado y nadie te preparó el mate…cositas…sólo cositas que faltan y sin embargo se hacen grandes y toman una importancia que antes cuando estaban no se le daba. ¿ O si?.
Se aprende a apreciar cosas cotidianas que ahora faltan…o que simplemente cambiaron…
Cuando te agarra el dolor de panza o una gripe…hay que aprender a manejarse sólo…
Son cositas, simples cositas que como me dijo Anita mientras me hablaba de todo esto en el MSN : “hasta me da nostalgia.”
Categorías: Historias
Etiquetado: independencia, mamá, nostalgia, papá
Su tono prepotente me molestó desde el comienzo. Me daban ganas de decirle que no era maga y que no tenía la culpa que a ella se le ocurriera venir a hacer una reserva a último momento.
-”No hay más habitaciones disponibles. Si lo desea Ud. puede dejarnos sus datos y si surge alguna cancelación nos pondremos en contacto inmediatamente.”
Insistió una vez, dos, tres veces; llegué a creer la mujer que estaba sentada frente a mi tenía algún tipo de problema de comprensión. Sin embargo cuando parecía que finalmente se rendía comenzó a hablar…a hablarme de su vida.
Era administrativa de una empresa dedicada al rubro de la construcción. Tenía una compañera que hacía el mismo trabajo que ella y sus cuatro manos no alcanzaban. Había pedido unos días libres y se los negaron. Ese fin de semana, según me explicaba, era su salvación.
Hacía terapia. El día anterior le habían recomendado que se tomara dos días de descanso, la notaban tensa. Fue ahí cuando comenzó a llorar.
No tenía amigos ni familia. Su compañero era un gato y a veces la televisión. La señal de cable la había sacado hacía un par de meses.-”Siempre repiten lo mismo”-dijo.
-”Este fin de semana no quiero estar sola. Por eso insisto, perdoname”.De a poco se fue calmando. Su tono prepotente había desaparecido, sus ojos me miraban fijamente.
Finalmente se propuso buscar otra alternativa y se mostraba entusiasmada al respecto,nerviosamente entusiasmada; ahora su actitud me ponía algo nerviosa.
La acompañé hasta la puerta. Me quedé mirándola mientras cruzaba la calle. No tenía más de 40 años y parecía que cargaba con 20 más encima de los hombros, en el color de su ropa, en las canas de su cabeza. Cargaba con la soledad…
Categorías: Historias
Etiquetado: soledad